Desgraciadamente
no pude controlar esta forma salvaje de respirar, de querer meterme todo el
oxígeno del planeta en una aspiración. Odiabas eso y fue el motivo por el que
empezaste a irte; no es que salieras por tiempos prolongados del departamento,
o que tus horarios cambiaran, no, fue la actitud de perder la vista por las
orillas del florero, de jugar con las costuras de la almohada fingiendo dormir.
¿Recordarás todavía las tardes de televisión en que nunca entendías la trama de
lo que veíamos? Te perdías lentamente en distintas esperanzas sin poder
sujetarte a la mía. No había nada que yo pudiera hacer, sólo echarme a un lado
tuyo viendo cómo el empecinamiento de la rutina nos iba empequeñeciendo, cómo
un abismo enorme se abría en la cama separándonos. No era locura, aunque lo
argumentaste después, era la observación casi científica de nuestro
alejamiento. Para sembrar cementerios bastaba con sentarnos a la mesa.
Texto: Mariposas negras (fragmento).
Foto: Éric Marváz.
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