La Xtabay aguarda a la vera del camino. Se ha desperezado desde la mañana y me observa con sus profundos ojos negros. Ha ungido con aceites naturales sus pechos de cántaro bruñido, la piel perfecta con textura de pétalo; sus finas manos de largas uñas han peinado, con mucha calma, ese cabello azabache, rizado e incendiario.
Salgo a la caminata nocturna bajo el influjo lunar (ya saben, a veces puedo controlar esos ardores, a veces no). La inmensa luz la muestra desnuda. Sin mirarme ve todo de mí, sin hablarme repite mi nombre de forma suave; como vientito, como cantando; yo, que no tengo nada de qué asirme, siento los pies mojados en el lago desde donde extiende los brazos hacia mí.
Su olor es de tierra llovida.
No son las algas inmemoriales, ni las raíces del mangle, ni las rocas enmohecidas... es su puro aroma a mujer fatal, el que se le evapora del cuerpo, de la entrepierna (nítida por la luna que se inserta entre la vellosidad de esa vulva de labios inflamados: orquídea de la desesperación).
-Tu vida a cambio de mí-, dice.
Yo que no tengo nada de qué asirme, que no tengo nada qué perder, le expreso con el puro pensamiento que no codicio otra cosa que besar su muslo interno, que no ansío más que lamer la esencia de sus pezones erizados, del zumo acumulado en su entrepierna desde hoy que me esperaba.
Me acerca al triángulo ritual.
Todo el lago invade mis pulmones.
El agua pastosa me hace un nudo en la garganta y soy rotundamente feliz.
Marváz
Para mis lejanos muertos, para mis deudos.
1 comentario:
El relato tiene frases con mucha fuerza. "Su olor es de tierra llovida" me parece genial. Muy bien escrito a mi parecer.
Un abrazo,
Romek
Publicar un comentario