Tengo un poco de dolor en los huesos.
A través de los años se comprende que uno no es de las aves
que saben cruzar el pantano y salir incólumes, soy un pajarraco con huellas de
mil batallas y lodo de todas las ciénagas por las que ha sobrevolado: casi sin plumas. No sé. Es probable
que le perdí el miedo a la muerte y poco a poco le voy perdiendo la vocación… o
viceversa. Son días extraños. El trago de licor pierde su consistencia y las contradicciones, eso es como matarse en un accidente de
avión sin haber dejado jamás el suelo. Aún quedan las palabras calibre
cuarenta y cinco, disparadas a destajo entre furibundos cadáveres y gobiernos
asesinos; amartillar y poner una lápida y otra bajo odios heredados de una raza que nació para extinguirse, después de
acabar con el mundo. Se viene aquí con esperanza pero es difícil salir de un
terreno lleno de minas y vallado con púas, si se logra escapar, no queda más que un cuerpo desollado que respira burbujas rojas y estertóreas. Es mejor quedarse quieto, agazapado en un
rincón, con la espalda pegada a la pared, intentando escuchar los murmullos de
la habitación contigua, aspirando lentamente arena, acabándose la última vuelta del
reloj.
Inevitablemente voy comprendiendo a los homicidas de sí
mismos.
Foto y texto: Marváz
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