El animal era lento y suave, lento y letal, lento y quieto,
lento y bravo... tú sabías que no debías molestarlo, dejarlo que siguiera
dormido a la vereda de tu vida. Pudo más tu curiosidad. Ya ves, el depredador
se desperezó en una dentellada, venenosa, brutal y sin sentir mucho; el animal
dentro de mi pecho, mi corazón, es un hijueputa.
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