enero 22, 2013

68 (23-ene-13)

Por Éric Marváz.

Es como un golpe en la nuca, me siento mareado y mal, los latidos del corazón son ofuscados y navegan en sentimientos encontrados. Tristeza, desazón, una rabia sorda y muda, estoy profundamente conmovido. Los cimientos se me sacuden, no sé qué hago  aquí. Me faltan las palabras, se me aglomeran en un líquido salado en la garganta. Todo sigue oscuro. La puta esperanza es un niño muerto envuelto en una cobijita blanca. Otra vez estoy llorando y nada más puedo hacer, ¿de dónde me detengo, cómo  me sostengo, con qué cara te voy a ver de nuevo? Los anhelos están desahuciados, los recuerdos se vuelven lacerantes, la misma rosa marchita se mete en mis sueños; esos sueños tan malva y violentos de los últimos días. Últimos, ya no volverán, se acaban como suspiros, como gotas de un grifo descompuesto, ¿se nos termina todo? Ya no vendrán esos años, ni tus manos finas y suaves; nuestra distancia se agrandará.
De nuevo aquí, sollozando como hace mucho no, sufriendo como hace mucho no, pensándote en la sala de espera tan fría y desolada, ¿qué putas hago, cómo lo asimilo, de dónde te sostengo y me sostengo? Sigo con mareos, con este imbecilísimo latir del corazón, con este respirar difícil, con la presión en la nuca de una mano invisible. No sé dónde estoy parado, no sé ni para que estoy, todo iba tan bien. Los castillos, esos de arena, se deshicieron ayer con el viento duro y errático, que me va desgastando la piel y me deja tirado en el piso de casa, no puedo pensar mucho, sólo tengo ganas de seguir llorando y quizá después dormir largamente, tanto como se pueda, despertar y descubrir que la pesadilla terminó. Quisiera eso, pero nada se me cumplirá, porque soy el experto en desilusiones, el amuleto descompuesto, el quebrado; me acabo de romper. Y puta mala suerte, no quiero pegarme, deseo quedarme roto, despedazado.
Que nadie toque mi dolor: es mío.
Marváz

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