Se me quedó la mala costumbre de buscarte entre las putas,
por eso no desentono en esta penumbra de las cuatro de la tarde. Jueves de
corpus. Los bares que me gustan son escabrosos y oscuros como tu mirada:
callejón peligroso y sin fin. Más que buscarte te armo, paliativos tontos,
papirolas de pájaros ardiendo, frutas de plástico cochambroso y descolorido.
Trato de ser cortés con esas mujeres, las alabo mencionando tu recuerdo, haciéndolo
encajar, obligándolo a entrar, forzándolo aunque llore o patalee; imaginando
que te despedazaste y caíste sobre las putas del mundo. Perdona si te pongo en
sus bocas, en los senos, en las nalgas, en su nombre, en su lascivia o incluso
en su avaricia. Perdona si les pago con dinero y no con la sumisión que me es
característica, ¿de verdad disfrutaste hacerme menos?
Ahora mismo tus piernas sostienen un torso largo,
indefinido, serán las cervezas y el cigarro y lo oscuro y las cortinas rojas y
el labial barato; cada trago que me trae, la de tus piernas, recorre los pasos
que se nos quedaron pendientes, de la barra a la mesa, de oriente a poniente,
del vidrio de los vasos al polvo de vidrio que me perfora la panza. No importa:
me gustan tus piernas de mujer pública y desconocida.
Te has desperdigado en partes, fatídicos días de un
machismo que destaza.
Foto y texto: Marváz

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