Por Marváz
El cuerpo se bloquea.
Hay pesadillas de veinticuatro horas, con los
ojos abiertos, con el corazón encabronado, con las sienes adoloridas de tanto apretar
los dientes. Los oídos se niegan a escuchar, las palmas de las manos se
duermen, la sangre.
Sostengo tu espalda cansada entre mis manos, tú
vomitas dolorosamente; antes acaricié tu cabeza y tus manos, qué delgadas
lucen, qué femeninas, qué lejanas, qué cálidas aun.
Voy a seguir en esta anestesia general, dormiré
con los ojos bien abiertos, no quiero perderme ni un segundo de este puto
sueño.
Los pocos santos que quedaban de pie se acaban de
despedazar.
Voy lamentándolo.
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