No la abras, fue mi
sugerencia.
Y cada vez que podía te
exaltaba sus propiedades, sí, lindo color, contenido único, el piquete del
quién sabe qué tendrá dentro. Trataba de conservarla lejos de tu alcance.
Alguna vez me contaste de tu curiosidad nata. Aproveché que eras un gato en el
cuerpo de una mujer; te recordé a tus tres años, apilando lo que encontrabas
para llegar a los lugares que todos suponían inalcanzables.
No la abras, insistí.
Inmediatamente la bajé
dos repisas, así podías verla a un lado de la televisión. Debió ser por abril,
varios meses después de que la coloqué ahí, que ya no mirabas nuestros
programas favoritos. La luz fría de la pantalla te iluminaba los ojos fijos en
la caja, la frente perlada de sudor, las manos entrelazadas aplastando burbujas
plásticas invisibles. Lo admito, jugué con tu resistencia.
No la abras, pensé al
salir de casa.
Llegué del trabajo.
Estabas apoltronada en la soledad, cubierta de luz amarilla, con cara de niña
preocupada, quizá a punto del llanto; musitabas bajito palabras sin sentido, un
canturreo arrastrado que poco a poco ganaba claridad y coherencia.
No
la abras, estuviste chingando. Era clara la trampa y yo caí. Hijo de puta.
Sabías que dentro estaban los bienes y males de nuestra casa, o los males
sólidos, o los bienes puros, ya no sé. Me perdiste en esto que no entiendo,
bajo tu mirada indefinible, escuchando tu voz transformándose en el líquido que
se me escurre por dentro. No la abras, y la pusiste en las manos de mis
pupilas. Soy un felino que alcanza las repisas, el techo, que se desliza
arqueando el lomo bajo tu cuerpo, soy también la furiosa, la incauta, la gata
joven. Qué caja más fácil de abrir. Hubiera querido encontrar un paquete de
bombones dulces, flores secas, las hojas del árbol que te construí. No había
más que una carta en blanco, lista para poner lo que yo quisiera, pero no
sabía.
No la abras, te dije.
Ahora estamos en la
duda, sin saber si las perversiones eran castigos o premios. Quedaremos con la
duda eterna, ¿qué fue lo bueno o lo malo?
Tú y yo, juntos, somos
incapaces de negarnos a la piel. El sudor, somos, las historias concupiscentes,
somos, las tercias y los cuartetos, somos, el gozo, somos, la luz que se colaba
entre las cortinas, somos. Míranos aquí, sentados frente a frente, bañados de
sol, hurgando en una caja tan vieja como los amores pasados.
Preocupa qué somos sin
saber qué fuimos.
Foto y texto: Marváz
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