abril 16, 2013

Saudade (Capítulo V: Punta sur)


No la abras, fue mi sugerencia.

Y cada vez que podía te exaltaba sus propiedades, sí, lindo color, contenido único, el piquete del quién sabe qué tendrá dentro. Trataba de conservarla lejos de tu alcance. Alguna vez me contaste de tu curiosidad nata. Aproveché que eras un gato en el cuerpo de una mujer; te recordé a tus tres años, apilando lo que encontrabas para llegar a los lugares que todos suponían inalcanzables.

No la abras, insistí.

Inmediatamente la bajé dos repisas, así podías verla a un lado de la televisión. Debió ser por abril, varios meses después de que la coloqué ahí, que ya no mirabas nuestros programas favoritos. La luz fría de la pantalla te iluminaba los ojos fijos en la caja, la frente perlada de sudor, las manos entrelazadas aplastando burbujas plásticas invisibles. Lo admito, jugué con tu resistencia.

No la abras, pensé al salir de casa.

Llegué del trabajo. Estabas apoltronada en la soledad, cubierta de luz amarilla, con cara de niña preocupada, quizá a punto del llanto; musitabas bajito palabras sin sentido, un canturreo arrastrado que poco a poco ganaba claridad y coherencia.

No la abras, estuviste chingando. Era clara la trampa y yo caí. Hijo de puta. Sabías que dentro estaban los bienes y males de nuestra casa, o los males sólidos, o los bienes puros, ya no sé. Me perdiste en esto que no entiendo, bajo tu mirada indefinible, escuchando tu voz transformándose en el líquido que se me escurre por dentro. No la abras, y la pusiste en las manos de mis pupilas. Soy un felino que alcanza las repisas, el techo, que se desliza arqueando el lomo bajo tu cuerpo, soy también la furiosa, la incauta, la gata joven. Qué caja más fácil de abrir. Hubiera querido encontrar un paquete de bombones dulces, flores secas, las hojas del árbol que te construí. No había más que una carta en blanco, lista para poner lo que yo quisiera, pero no sabía.

No la abras, te dije.

Ahora estamos en la duda, sin saber si las perversiones eran castigos o premios. Quedaremos con la duda eterna, ¿qué fue lo bueno o lo malo?

Tú y yo, juntos, somos incapaces de negarnos a la piel. El sudor, somos, las historias concupiscentes, somos, las tercias y los cuartetos, somos, el gozo, somos, la luz que se colaba entre las cortinas, somos. Míranos aquí, sentados frente a frente, bañados de sol, hurgando en una caja tan vieja como los amores pasados.

Preocupa qué somos sin saber qué fuimos.



Foto y texto: Marváz


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