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noviembre 04, 2016

Voyeur.

Lo sabes…

Miro por cualquier rendija de tiempo. En tu ausencia recurro a los viejos trucos de la memoria, a las artimañas de traerte.

Pienso en ti como en mí.

Estático, sin respirar, sudando profusamente, te mido y eres del tamaño de mis perversiones.

Masturbándome me acabo tu piel en viajes de miradas.


Modelo: Mónica Montalvo.
Foto y texto: Marváz.














julio 15, 2014

Saudade (Capítulo XIV: Incorruptible)



Despierto con el sabor a alcohol en la boca, hace tanto tiempo, no sé si veniste o te soñé. Huele a ti, pero mi olfato va deteriorándose, ¿eras tú?, voy de mal en peor sin cuestionarme demasiado. El corazón también necesita un reposo. Ni cómo ayudarle, es necio, obsesivo, incorruptible; aunque menos que mi cabeza, y menos que la memoria de mis manos en tu cuerpo.

    No te miento. A veces se me revuelven los recuerdos, ¿eras tú? Creo que estábamos en un autobús, quizá era un viaje escolar o algo así, pasaron más de muchos inviernos, tantos que ahora mismo hace el frío de todos ellos juntos. Teníamos como doce años, ¿te acuerdas? Es que es difícil pensar cuando se tiene frío, o cuando las manos están secas y torpes, y tú… tú estabas tan joven, tan prometedora, metida en tu falda a cuadros sobre esos muslos tan carnosos. Puerta al paraíso, y al insomnio eterno. Y tu boca de beso que, hasta el lunes pasado, sigue siendo una media luna de terciopelo rojo.

    Recuerdo…

   Eran las cinco de la tarde. Los asientos disponibles escaseaban. Venías del lado de la ventanilla. Junto a ti había un joven apuesto a quien no recuerdo. Miraste hasta mi alma a través de mis ojos. Me invitaste a sentarme con ustedes. Puse las nalgas en tus piernas y mis pantorrillas en las piernas de ese que no recordamos quién era. El autobús se paralizó en el tiempo. Todos se quedaron estáticos. Tú dejaste de moverte. El viento dejó de soplar. Una gota de sudor que iba a resbalarse de mi frente se congeló. La sonrisa se te quedó grabada en una invitación. Yo me quedé a mis doce años para siempre.

   Tus muslos latían debajo de mí, duros, suaves, brillantes, morenos, cálidos. Sin poder contenerme los toqué. Fue un segundo. Después todo se movió a su ritmo normal. Por eso esta noche estoy solo y no sé si estuviste aquí, ¿eras tú?


   Y la putas ganas de volverte a tocar que no se van.


Foto y texto: Marváz

septiembre 03, 2013

Saudade (Capítulo IX: Puta palabrita)

Se cae uno, dos, tres. Tréboles de una materia rasposa e indefinible. Soy quien soy, me lo demuestras con mis pobres letras, con el sexo insuficiente, con las luces moradas… y rojas, del mismo lugar “x”. Estoy. Me acuesto en el piso y llueve dentro, es un lacrimal eterno, eterno e incansable. Dudé de mi buena fortuna, lástima, me ha tocado perder en las suertes. Pero mi mano izquierda me dice que por ahí hay otro camino, ¡Ay, qué camino! Los alientos son un barranco de varios metros de desconsuelo.

Déjame rodar
tú y yo somos piedras
déjanos tocar el fondo
pero por favor
ni se te ocurra ésta misma pendiente.


La palabra saudade no debería existir: por salud mental.


Texto: Éric Marváz




junio 18, 2013

Saudade (Capítulo VI: Burbuja rota)


Reloj sin pila. 

Burbuja de cristal. 

Aislante de las noticias malas, de la televisión, de la delincuencia. 

Contenedor de risas, también de lágrimas, de gemidos. 

Trago de licor a las once de la mañana y el otro y el otro, después saltar un poco, desnudarse alegremente; bebernos de la boca, porque el mejor vaso eran tus labios. 

Y tu vientre el plato. 

Tu abdomen lleno de zarzamoras, o tu sexo, tu sexo de carcajada. Tu sexo de ven y sángrame, tu sexo de ven y santifícame, ven: bañémonos, ven y  bébeme. Tu sexo de bestia redimida.

¿Quién hubiera dicho que el universo era esa habitación?


Modelo: Dita R
Foto y texto: Marváz

abril 16, 2013

Saudade (Capítulo V: Punta sur)


No la abras, fue mi sugerencia.

Y cada vez que podía te exaltaba sus propiedades, sí, lindo color, contenido único, el piquete del quién sabe qué tendrá dentro. Trataba de conservarla lejos de tu alcance. Alguna vez me contaste de tu curiosidad nata. Aproveché que eras un gato en el cuerpo de una mujer; te recordé a tus tres años, apilando lo que encontrabas para llegar a los lugares que todos suponían inalcanzables.

No la abras, insistí.

Inmediatamente la bajé dos repisas, así podías verla a un lado de la televisión. Debió ser por abril, varios meses después de que la coloqué ahí, que ya no mirabas nuestros programas favoritos. La luz fría de la pantalla te iluminaba los ojos fijos en la caja, la frente perlada de sudor, las manos entrelazadas aplastando burbujas plásticas invisibles. Lo admito, jugué con tu resistencia.

No la abras, pensé al salir de casa.

Llegué del trabajo. Estabas apoltronada en la soledad, cubierta de luz amarilla, con cara de niña preocupada, quizá a punto del llanto; musitabas bajito palabras sin sentido, un canturreo arrastrado que poco a poco ganaba claridad y coherencia.

No la abras, estuviste chingando. Era clara la trampa y yo caí. Hijo de puta. Sabías que dentro estaban los bienes y males de nuestra casa, o los males sólidos, o los bienes puros, ya no sé. Me perdiste en esto que no entiendo, bajo tu mirada indefinible, escuchando tu voz transformándose en el líquido que se me escurre por dentro. No la abras, y la pusiste en las manos de mis pupilas. Soy un felino que alcanza las repisas, el techo, que se desliza arqueando el lomo bajo tu cuerpo, soy también la furiosa, la incauta, la gata joven. Qué caja más fácil de abrir. Hubiera querido encontrar un paquete de bombones dulces, flores secas, las hojas del árbol que te construí. No había más que una carta en blanco, lista para poner lo que yo quisiera, pero no sabía.

No la abras, te dije.

Ahora estamos en la duda, sin saber si las perversiones eran castigos o premios. Quedaremos con la duda eterna, ¿qué fue lo bueno o lo malo?

Tú y yo, juntos, somos incapaces de negarnos a la piel. El sudor, somos, las historias concupiscentes, somos, las tercias y los cuartetos, somos, el gozo, somos, la luz que se colaba entre las cortinas, somos. Míranos aquí, sentados frente a frente, bañados de sol, hurgando en una caja tan vieja como los amores pasados.

Preocupa qué somos sin saber qué fuimos.



Foto y texto: Marváz


enero 03, 2013

Ángelus (Copa de licor)



Tus labios son tu sexo, orquídea olorosa, perfidia en pleno; son copa de licor de donde bebo. El efecto embriagante de tus besos (cómo te muerdo la boca mientras te penetro) me gusta en especial, y tu rostro de perfil, apenas iluminado por la escasa luz que se cuela entre las cortinas negras; parece que no eres de este mundo, frágil y poderosa al mismo tiempo.

Tengo la certidumbre de que estoy profanando algo divino. Eres un ángel de alas blancas y grandes. Comisura al paraíso.

Tu cuerpo tiene roturas en los lugares precisos.

Hace días que conservo tu olor en la piel, en la ropa, en cada lugar por el que camino y voy haciendo tuyo; te transformaste en suspiro, cuchilla de luz, templo desierto, sombra con alas, humedad concéntrica que se expande, te expande, me expande.

Ángel
de
blancas
alas.


Texto, foto y concepto: Éric Marváz
Modelo: Verónica Delgado

abril 18, 2012

Saudade (Capítulo V: Parecer)


“Alguien llora desde arriba, por eso llueve.

O. Parcero









Te pareces a las canciones nostálgicas, a la mala suerte y a los destinos trágicos, para mí. Remueves la soledad y eres lluvia, como la de ayer por la noche, partículas de agua convirtiéndose en perlas de luz bajo las farolas; te vuelves tristeza, después lágrimas de mis ojos, después el sordo golpear del agua contra el asfalto, después charco oscuro, después nada. Reconstruyo tu magnífica figura, foto antiquísima que se comen los años. Tú  diluyéndote en precipitaciones inocuas de abril, ¿te acuerdas de ese mes? Fuimos piel y risas, un puro sentido del amor despreocupado, tú y yo y nosotros y las paredes del cuarto ciento doce y la cama y la ducha y el café.
El café se enfrió. Abril mismo se muere ante nuestros ojos, y estos húmedos son una constante interior. Temporales de adentro hacia fuera. Recordar, pensar, arrepentirse, llorar en el fondo del bar, soportar a este que soy sin ti, intentar vivir conmigo, hacerlo desde arriba para ver a quién más mojo, sufrirte en esta agüita salada, en este mar que se lanza al vacío, en mi corazón que te late en golpes cortos y largos, en el nudo en la garganta, en la gente que me hace falta. En abril, abril, abril... mantra con que te invoco para que aparezcas en sepias y te borres dentro de una laguna agitada.


Modelo: Isabel Alvarado
Foto y Texto: Éric Marváz

febrero 16, 2012

Saudade (Capítulo IV: Callar)



La cobardía es asunto de los hombres no de los amantes.


Silvio Rodríguez













¡Qué absoluta fuiste en los minutos de la noche!

Durante los momentos en que te pienso, sin lamerme las heridas, escribo frases que son lisas y cálidas como tu piel. Deshago y rehago fantasías a la luz de las lámparas públicas, tú recordarás cómo se metían por la ventana para hacerte un amor clandestino a media noche. Es probable que nunca te lo haya confesado, pero en mis masturbaciones diarias, pensaba en ti como la más retorcida de las que conocí. Así te arrastré a la exhibición pública, al incesto, al vendaval de la lujuria por plazas y lugares desiertos. No estaba tan lejos de la realidad, eso creo, aunque ahora lo negaras sé de sobra quién eres. Sin lamerme las heridas, supongo que estarás abierta y sonriendo, gozando sin pensar en mí, haces bien: no soy digno de fantasía alguna, ni de pasión siquiera; no te confíes. Mis elucubraciones siempre están al desborde, copa con agua que danza en las orillas, sol que acaricia tu espalda, magia que te transmuta en platillo compartido. Si tú supieras cómo te pienso, te vaciarías en gritos desesperados aun cuando nadie te tocara.

Certera es la palabra lengua en tu palabra vulva.

Cualquier día nos encontramos y te cuento algunas perversiones.

Modelo: Sabina
Foto y Texto: Éric Marváz


febrero 07, 2012

Saudade (Capítulo III: Lamer el recuerdo)




El oleaje te ha acometido siempre,
tus caderas lo asimilaron desde que aprendiste a caminar, 
fue tan natural como la abertura en canal de tu sexo sangrante.

Octavio Parcero (Oaxaca, 1920-1990)






Derrocho palabras en cientos de cartas que no leerás, guardadas diligentemente en el espacio que han dejado tus libros, las dejo en el olvido después de meterlas en un sobre. En esencia todas dicen lo mismo: que no sé si te deseo más de lo que te amo. Aunque no escribo exactamente lo que pienso. No podrás leer ni una frase acerca de que me jodía la existencia el que nunca necesitaste una ventana para escapar, te bastaba con poner fija la mirada en cualquier objeto, por ahí salías volando como gaviota sostenida por quién sabe qué vientos. No pregunté por miedo a la respuesta, cada uno estamos claros de lo que no queremos saber o encontrar, evité a toda costa conocer el nombre del que te atormentaban las tardes a mi lado.
¿Recuerdas cómo era hacer el amor por la mañana o la tarde?
El sopor nos alcanzaba. En ti actuaba como un calmante que te ponía lánguida y silenciosa, en mí era una coraza de nostalgia. Por tu modo de mirar era seguro que no durarías aquí. En medio de oscuridades armo tu presencia en el sillón cercano al ventanal, bosquejo tu contorno con letras y símbolos extraños que no tienen, por el  momento, un significado. Después lamo los lugares donde estuviste. Colecciono cabellos que encuentro en los cepillos o el jabón, trato de preservar tu aroma en la ropa de cama, pero en lo que pongo mayor atención, es en no perder el dolor que eres capaz de producirme. Quiero que sigas doliendo, que me mates, que me hagas llorar.
Ese dolorcito persistente es muy parecido a tu compañía.


Modelo: Ana Paola
Foto y Texto: Éric Marváz


enero 16, 2012

Saudade (Capítulo I)


De esas lluvias que no se declaran, que van dando vueltas y vueltas antes de caer, con vientos suaves que sumen a uno en tristezas pobres; pobres porque no son realmente tristezas. Son una mezcla de cielos grises que se aprecian desde la sala de estar, donde veo estrellarse los recuerdos contra la ventana, dentro del aislamiento impasible de media tarde, abrazando alguna prenda tuya, suponiendo que de pronto empezará un diluvio torrencial en que los cristales, abrumados de tantas gotas de agua, van a reventar… mas no. Nada pasa. Apenas un sonido suave de plas plas, plas.
Ha sido un sorpresivo alejamiento, tanto que los vestigios aún andan a paso lento por todas las habitaciones, se revuelven en las esquinas, y se sientan a observar, igual que yo, las impensables lluvias de invierno.
“Te fuiste en el peor momento. Justo cuando empezaba a mutar en lo que tú querías, justo cuando empezaba a dejar de ser yo.”
El modo en que me mirabas me traspasaba como vientos de levante.
Caía lentamente en esos lagos que son tus ojos, daba brazadas, me sumergía hasta donde aguantara la respiración, dejaba que el cuerpo se me lubricara en la claridad de los espejos de agua, llenos de lirio verde, con manchones cafés de tierra sólida.
El mirarme era una orden precisa.
Planetas y astros celestes girando a tu alrededor, el viento jugueteando con tu cabello, los huracanes retumbándote en el pecho, tus mareas golpeando mi cadera entre gemidos que resonaban igual a avalanchas de nieve, terremotos feroces dentro de tus senos altivos, y el meteoro más brutal: la sangre agolpándose en tus labios perfectos. Te extraño inmensamente: en cada acera, parque, suspiro con olor a nicotina subiéndome por la nariz, cada rayo partiendo la oscuridad y los recuerdos.


Modelo: Xiluén
Foto y texto: Marváz






noviembre 22, 2011

Peregrinar, viajar, ir al pasado.

Tus fotografías viejas, de color carcomido y de bordes despintados, las que te retratan (estatua de alabastro, piel de leche), son un lugar secreto. Rotura de tiempo de donde escurre la ambrosía, goteo lento y substancioso, generador de ondas en un suelo vibrante vuelto espiral interminable que respira. Desde el fondo te observo. Te espero con la espalda apoyada en una oscuridad sólida, al final de ese túnel brillas tú, y sonríes con esos labios de fruta negra. Hipnotizas con movimientos de estelas suaves, haces ventiscas de anhelos con las pestañas.
Soy el voyeur de imposibles. Te ansío sin querer que vengas a este tiempo. Hace mucho que dejé de estar.







Modelo: Verónica Peregrina
Fotos y texto: Éric Marváz

marzo 09, 2011

Habitación 103, receta...

Modelo: η ಲ И ∂

Mi receta para tomarte es simple:

No beberte a sorbos, soplar obscenidades tiernas revueltas con poesía en tu oído, jugar a que soy el ser mítico para quien te reservaste, nacer de ti y morir ahí mismo, desearte sin importar que suspires bajo mi peso, almacenarte en los pulmones para cuando te vayas, dibujarte corazones en la entrepierna, volverte terciopelo el vello, moldearte los músculos de arcilla húmeda, embriagarme con tu sal y consistencia, aspirarte como postrero aliento, contarte las estrellas que se te cayeron de un sueño…

darles un significado, creer que siempre me indicaron el destino.



Foto y textos: Marváz




octubre 14, 2010

El tiempo que no te tuve (Fragmento)

Sólo cenizas

¿Qué decía yo de las pocas palabras que quedaban?

Ni te conozco mujer pero te tuve alguna vez.

En las horas en que el insatisfactorio fantasma de ti se pasea por el estudio, susurra algunas cosas a mi espalda, dando por resultado el equívoco hacer de las cosas. Pongo erróneos materiales, caen de mis manos recipientes, enredo el cable del motor eléctrico, despedazo algún trasto. Triste, trato de restaurar trozos de historias sensuales que no tenían salvación. El lodo se escurre por entre los dedos y no responde a mis manos ni a mis deseos, se transmuta de un torso a una visión desastrosa de un cuerpo mutilado, de un rostro a una máscara deforme, de tu sexo a una sutura eterna; de ahí el dolor, de ahí el entender.

No eres exacto lo que quiero, simplemente eres tú con tus desdobles e intenciones, con tu vida hecha en la locura de estos tiempos. Por eso el barro no me obedece. No tengo ningún control de nada.

El abuso constante de invocarte por las noches me tiene en un sopor perpetuo, en un estado de dormir despierto. Es ese sentido de no tener sentido el que no me deja caer. Evoco tu belleza de piel húmeda y blanca, el olor de barro de tu entrepierna de satín, tus ojos fulgurando en la penumbra del baño.

Y en imaginarte se van las horas vivas.




Marváz




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