Porque aprendí a decir la palabra mierda en todos los
idiomas, entre sueños y entre insomnios, desde la primera muesca que marcó la
muerte en mi espalda; porque aprendí a dividirla en sílabas y pronunciarla con
los dientes cerrados de ira, con un leve aletear de los labios en un a punto de
llorar, con el amargo sabor del desamparo, con los brazos colgando sosteniendo
derrotas que nunca se sobrepusieron. Me la aprendí con el aliento alcohólico, descubierto por la madrugada en una banca de no sé dónde, con el sonido burdo
de las balas que aun no me tocan, en los lechos de mis desahuciados, bajo tu ignorancia metódica,
con la botella de cerveza, entre los golpes ensañados, en lo que quise
decir y me he callado, con la mirada ausente en recuerdos espinosos, en tus dos
canciones y tu verso, en lo que pasó por tu cabeza la última vez que nos vimos,
contra la fría desesperanza de tu traición, con la certeza de que todo irá
perdiendo sus encantos, mientras la vida se esparce como un termómetro roto y yo espero (sumido) en otra noche que no acaba.
Y la mierda se ha instalado con los encabezados del día de
hoy, con el escrito inconcluso y los libros que jamás publicaré, con las
palabras atoradas en mis manos, con el aquí sin el ahora, con tu cuerpo a mi
lado que no sabe quedarse conmigo.
Mierda, con esta soledad acompañada.
Texto: Marváz
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