Aunque no lo
sabía.
Abandoné la cámara hace algunos años, no por culpa de ella, mi
mirada se había perdido: estaba distante. Entre ella y yo había una especie de
amor, ya saben: ver televisión, reír continuamente, consensuar, compartir muy
buenos momentos, la comida y la sal, llamarse de vez en vez, dormir juntos,
luchar por sobrevivir.
El veintiocho de octubre anterior desperté con la mente sobre ella.
Una pasión desmedida que me ha hecho desempolvar mucho más que el equipo, fue
un golpe, un choque eléctrico, la sapiencia de cuánto he cambiado a través de
los años. Ganas de piel, no de amor, de dejarse ir aunque no haya fondo.
(La luna no se ve, se siente. Fue lo que pensamos.)
Soy un pedazo de brasa que se niega a morir por muy fría que esté la
madrugada.
Por San Judas.
(19 minutos desde la primera toma hasta la cuadragésima segunda. Me
ha gustado la mutación.)
Foto por Éric Marváz.
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