Ahí está lo cotidiano, esperando, sentado en un sillón
vencido de brocado café, manchado por el tiempo: raído. Uno se columpia en el almanaque,
convencido de la certidumbre por largo tiempo, acomodado en una cierta compasión;
hasta que se va. Y el sillón se rompe con un estruendo parecido a un hueso roto, y la duela se hace añicos, la
cortina se rasga, yo me apolillo.
No hay más todos los días.
Se acaba el vino guardado para la ocasión especial, saltan
filosos segunderos sin orden, los libros gotean letras desde sus repisas, mi
ropa es un cuerpo accidentado sobre la alfombra, los dedos un eclipse, una
erupción. Extraño lo mismo de siempre. Los dogmas me resultaban tan cómodos
como la almohada, ¡con lo que me costó amoldarla a las pesadillas nocturnas!
Suena otra vez a las mismas seis de la mañana, bebe a las
once tu café, escribe las notas consabidas de media tarde, juega con el remoto
de la televisión, despereza a los helechos al caer la noche. Por favor no dejes
que se nos acomode la sorpresa, mi corazón no está preparado para los
sobresaltos. Juguemos a que todo sigue normal.
Texto y foto: Marváz
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