Orillada, empujada, expuesta.
Mi voz era tu constante:
“Tu lugar es otro. A veces pensamos que aquí estás bien, pero
yo te veo enjugando con las puntas de los dedos el tiempo, somatizando la
tristeza que te asalta, observando qué pasa del otro lado de la ventana;
quieres volar. Y lo mejor, o peor, es que te comprendo. Guardo silencio ante tus evoluciones y mi corazón es una bomba programada. Tu cuerpo no se cansa de reventar,
de llenarte de vida por todos lados, te explota los labios como granadas de
septiembre y los destina a un goce amatorio de proporciones épicas.
Pobre de mí y de todos los que hemos podido aspirarte el tufo de sudor, gobierno déspota y tiránico que te sale de las
coyunturas, del bosque tropical colocado en tu entrepierna, de la inmensa
llanura que es tu piel; tan suave, montaraz, cargada de constelaciones lunares.
Estudio tu caminar de animal en cautiverio. El departamento te queda pequeño,
traerte aquí ha sido como enjaular esperanzas aladas; sonríes de medio lado y
escurres mi semen viejo por entre las piernas sólidas, quizá pensando en lo
poco que te mojó esta vez. Toda tú eres invitación. Casa abierta, río templado,
molusco oloroso, bola de algodón, semillas de girasol, boca de granada en
septiembre, ¿para quién más, para quién?”
Los consejos que te di debieron nacer muertos.
Modelo: Aydeé Bravo
Foto y texto: Éric Marváz
1 comentario:
al leerte, mis labios se separan involuntariamente, me llega la suavidad o la aspereza de tus letras y perla el deseo de ser tu musa sobre ellos
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